El científico Peter Brian Medawar nos definía un virus como “un trozo de ácido nucleico rodeado de malas noticias.” Y a los amantes del turf nos llegó esta semana la peor de todas. El Hipódromo de la Zarzuela aplaza las jornadas del 15 y 22 de marzo como prevención por el coronavirus.

Sé que es un ejercicio de responsabilidad en aplicación de las medidas del Ministerio y de la Comunidad de Madrid. Hay otros deportes a los que se les ha permitido continuar a puerta cerrada para evitar contagios y me consta que el hipódromo ha intentado que se disputasen las carreras aunque así fuese. El impacto en la industria apenas se notaría y la afición se mantendría gracias a las retransmisiones y programas. Pero todo cambia en cuestión de horas y lo que ayer parecía solo una cuestión económica, mañana puede parecer un ejercicio de responsabilidad más que adecuado.

Que sí, que de momento la medida no debería afectar gran cosa, que es un aplazamiento y no una suspensión o cancelación de las jornadas, pero para los 150 caballos que aparecían inscritos son jornadas que no volverán. Porque en el turf como en casi todos los deportes es muy importante el buen momento de  forma en el instante correcto. No ha sido lo mismo el Liverpool-Atlético que si se hubiese disputado en el momento del sorteo. Así hay caballos que buscaron una salida en Sevilla para afrontar con garantías las primeras jornadas de Madrid porque cuando aparezcan apurados los de mejor valor no podrán conseguir rédito. También hay caballos que necesitan esta salida para preparar un Gran Premio futuro, o los hay que necesitan estirar su momento de forma para intentar rentabilizarse y así va a ser muy difícil para ellos.

Repito, dos semanas de parón no parece algo excesivamente grave, pero el virus sigue su expansión y el panorama que se avecina no es demasiado halagüeño y cambia cada día. De cumplirse las peores expectativas entraríamos en un horizonte desolador. Se podría perder toda la temporada de primavera, y con ella toda una generación, las pruebas clásicas y los tres años solo se tienen una vez. Perderíamos a los más precoces de los dos años e igual nunca podrán ser rentabilizados si pasa “su momento”, etc. El turf español tenía ante sí una gran oportunidad este año, se había bregado mucho, se había pactado otro tanto y se habían dado pasos en buena dirección, pasos que de alargarse en exceso el parón, quedarán en el olvido. En cuanto sea posible se deben celebrar jornadas aunque sea a puerta cerrada. Desgraciadamente el turf en España interesa a pocos estamentos y es una ruina económicamente, máxime sin entrada de público y apostantes. Solo generaría gastos y nadie parece querer asumir ese coste. Coste que sin duda van a tener que asumir profesionales y propietarios ante este parón. No podemos detener la industria de nuevo, no podemos defraudar a los nuevos aficionados…y digo solo los nuevos porque los hay que ya tenemos inoculado otro virus más potente que el que nos acecha hoy, el virus del turf, del que no hay cura, y de haberla, todos los afectados la rehuirían.

Al hilo de esto dejadme que os cuente algo que sucedió el domingo pasado. A mí me lo contó tío Pepe. No busquen entre los hermanos de mi madre o de mi padre a un José, no lo hay. Su sobrino y amigo del hipódromo me lo presentó un día y desde entonces para todo nuestro grupo es tío Pepe. Porque en el turf patrio somos así: una gran familia, una familia con sus disputas, sus roces, sus envidias, sus aciertos y errores, sus preferidos, sus consentidos…pero una gran familia que se une en torno a un espectáculo único cada domingo, el galope de un caballo que intenta llegar el primero.

Retomo que me desvío, domingo 8 de marzo, Madrid, Hipódromo de la Zarzuela, a las 13:30 horas aproximadamente. Un señor de avanzada edad se desmaya y cae al suelo, por suerte no se da en la cabeza a pesar de desplomarse junto a unos escalones. Revuelo de gente, que acude rápidamente a socorrerlo, e interesarse por su estado. Enseguida llegaron los vigilantes de seguridad. Le preguntan  su nombre. Hay un instante de duda de nuestro accidentado caballero y unos segundos de incertidumbre entre quienes le asistían. Pero al rato se acuerda de que su nombre es Pablo.

-No se preocupe Pablo que van a  venir los sanitarios y le van a llevar a un hospital.

Pablo les mira y responde:

-¿No podrían esperar a que terminen las carreras?

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