Mi abuelo tenía un feo burro gris, de pelo hirsuto como manta de guerrero bárbaro, que se llamaba Sansón. Lo llevaba al huerto y cargaba haces de leña y hortalizas (el burro, no mi abuelo). De pequeño a mí me fascinaba el burro, pero tenía prohibido acercarme a él. “Este burro es un hijoputa. O cocea, o muerde. O las dos”, decía mi abuelo. Los abuelos nunca mienten, así que le cogí miedo al burro, y un poco de rencor. Uno se imaginaba de vaquero, disparando el revólver a lomos del caballo (el burro). ¡Bang, bang! ¡Jaio, Silver! Siendo Billy el Niño, siendo Miguel Strogoff, siendo el Cid, siendo un héroe de los de antes. Pero luego en la imaginación se colaba el caballo (el burro) corcoveando, tirándome al suelo; coceándome; mordiéndome. Y entonces el burro me miraría, como dice la canción de Frank Sinatra o José Luis Perales, con los espejos de azabache de sus ojos, duros como dos escarabajos de cristal negro. Daba miedo que pudiera pasar. Nunca pasaba porque yo no me subía a aquel caballo ni loco. Que ni siquiera era un caballo, sino un burro. Y un burro hijoputa.

Cuento esto porque cuando el otro día entré en el hipódromo esto era en esencia lo que sabía sobre caballos que no estuviera basado en los tebeos, los libros de aventuras y las películas. Que se parecen a los burros y quizá no sea buena idea subirse a ellos. Así que entré en el hipódromo como Paco Martínez Soria entra en el aeropuerto de Madrid en aquella película de los años sesenta, con los ojos muy abiertos y boina (está de moda llevar boina, sí) pero con menos longanizas porque ya me habían informado de que allí había ya cosas que comer.

Hacía un día muy británico, con viento, frío, llovizna y olor a sándwich de pepino, alimentando mi sospecha de que estaba dentro de un episodio de Peaky Blinders. La gente que paseaba por allí no se parecía, sin embargo, a la de los suburbios de Birmingham. Parecían personas normales, como usted y como yo; aunque no llevaban boina. Tampoco, digámoslo todo, pamelas como yo habría barruntado.

Deambulé por el lugar en busca de los caballos, pero estaban todos guardados como corredores jamaicanos de velocidad, a salvo de resfriados y tentaciones en forma de marihuana. Por fin sacaron unos cuantos caballos a pasearse por el paddock. A mí me parecían todos iguales, salvando los detalles de que cada uno tenía un color y un número distinto, pero la gente comentaba sus formas de caminar y sus íjares.

Me paré junto a una chica guapa y puse la oreja. Era rubilla, tampoco llevaba pamela y movía mucho las manos al hablar con el novio, como si fueran sordomudos (no lo eran). Me pareció que estaba a punto de romper con él, porque su relación no funcionaba. A ella le gustaba un caballo retinto llamado Arnulfo que paseaba perezosamente por el paddock. A él uno negro, fino y orgulloso, cuyo nombre no recuerdo. Me pareció que él tendía al cliché como la polilla a la lámpara y el escritor al recuerdo nostálgico de la infancia. Hablaba de la importancia de llegar protegido a la recta final y abrirse por fuera en las últimas cien yardas. Así lo decía: “las últimas cien yardas”. La rubia y yo intercambiamos miradas que decían: “vaya patán”.

Llevaron a los caballos a la pista y el tipo seguía hablando de sus teorías. De pronto se pasó, como si fuera lo más natural del mundo, a hablar de sus vacaciones en un lugar remoto. La chica suspiró. Yo suspiré. Había llegado el momento de apostar.

Aposté por Arnulfo pensando que la rubia era una musa y a las musas hay que hacerles caso. Además Arnulfo parecía estar hecho de viento mientras paseaba. Y era de la escudería Nunca se sabe (ya me me han afeado que le llame escuderías a las cuadras). Ya que estaba en la garita, aposté a una yegua llamada Doctora Cookie, a uno llamado Malos Pelos y a otro llamado Otro gintonic. Todos con dos características comunes: tenían nombres preciosos y no llegaron primeros, segundos ni terceros. Arnulfo estuvo cerca de lograr algo: en la recta final salió protegido y se abrió por fuera en las últimas cien yardas, o las últimas ochenta, o algo así (no sé calcular cuánto mide una yarda). Lo animé con una fe ciega y oí a la rubia animarlo también. Me puse de pie, grité.

De pronto entendí por qué iba la gente a ver a los caballos en vez de ir al Bernabéu.

Arnulfo perdió por una cabeza. Qué lástima. Había quien celebraba la victoria de su caballo, se cruzaban explicaciones: Arnulfo se había abierto demasiado en la recta final.

Me giré para encogerme de hombros con la rubia y allí estaba la bella, la traidora, apoyada en un farol dándose un beso eterno con el novio. Y eso que iban a romper.

Comprendí que sabía de las personas tanto como de caballos. Valga la redundancia.
Salí del hipódromo pensando que si volvía al domingo siguiente tal vez Otro gintonic ganaría algo, o la rubia habría roto con el novio.

Había sido un buen domingo. Al menos ningún caballo me había mordido o coceado.

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