“Cuando las carreras son buenas, apostar grandes cantidades puede ser la forma más tonta de incapacitarse para disfrutarlas”
Fernando Savater, A caballo entre milenios

Para el aficionado medio el gusto por ver correr a los purasangres suele comenzar cualquier inopinada mañana o tarde en un hipódromo cuando ve la chaquetilla apostada avanzar por la recta final y cruzar primera la línea de meta. Naturalmente el caballo elegido para la apuesta lo será por variados motivos entre los que no suele encontrarse el estudio del programa de carreras, sino más frecuentemente el bonito nombre del noble bruto, el color de la capa y su presencia en el paddock, la relevancia de la cuadra, el prestigio del jockey, el consejo de última hora de algún “entendido” y, por supuesto, lo llamativo de la chaquetilla.

Poco a poco el imberbe aficionado irá afianzándose en el mundillo y comenzará a justificar sus preferencias materializadas en apuestas de manera más acorde a la lógica turfística, si es que tal cosa existiera. Junto con la sapiencia aparecerá también la delectación en el estudio de las probabilidades de cada caballo y en el visionado de las carreras. Disfrutará incluso captando matices e intríngulis en el vídeo de su repetición. Como casi todo en esta vida lo que se entiende se ama.

En este momento podríamos decir que nuestro aficionado es feliz. No lo sabe, pero lo es. No suele ganar dinero, de hecho suele perderlo, pero se siente contento descifrando el programa, sintiendo un cariño especial por algunos caballos, alimentándose del sonido de los galopes y el griterío de las gradas, saboreando victorias, recordando gestas… Cultivando bonitas historias del Turf.

Hasta que empieza a ganar. Bueno, diría que hasta que empieza a ganar y lee al filósofo Fernando Savater. Con la filosofía hemos topado. En Pequeña filosofía de la apuesta capítulo que podemos encontrar dentro de su maravilloso libro “El juego de los caballos” Fernando Savater identifica tres tipos de apostantes: El que apuesta para ganar dinero y hace cálculos y se cubre y combina y le daría igual que fuera una lotería porque solo aspira a forrarse.

El que llama sabio, que hace sus tablas que son ciencia exacta, y apuesta por el hecho de confirmar ante los demás sus conocimientos.

El que quiere comprobar su “estado de gracia”, entre los que se encuentra, dice, el señor Savater. Estos descubren caballos que les “van” y no otros, de acuerdo a un sistema semi-mágico que nada tiene que ver con el favor de los pronósticos. Evidentemente este método de apuesta suele salir por un pico, pero queda plenamente justificado cuando una vez entre cien gana milagrosamente ese caballo que hizo tilín.

Pues bien, el aficionado que era feliz, pero que no lo sabía, encaja justamente con este tercer tipo de apostante. La diferencia de este aficionado con don Fernando es que don Fernando sí sabe que es feliz. Porque en el momento en que se empieza a ganar apuestas, a ganar dinero, el motivo de las carreras, su disfrute, efectivamente, comienza también a emborronarse. Se convierte un poco en un trabajo. Se mira más el totalizador y menos el canter de salida a pista. Y el paddock queda olvidado, hay caballos sudorosos que han ganado, incluso mal presentados, que relinchan, cojean o están nerviosos.

Ahora sé, porque ese aficionado medio era yo, que ya no puedo ser completamente feliz en un hipódromo. No como antes. Ahora suelo salir con ganancias, o al menos suelo deliberadamente ir a buscarlas. Paradójicamente el conocimiento me ha privado de la felicidad. ¿O es que realmente tiene que ser así? Benditos los simples. Una vez que se conocen las tripas del asunto nada vuelve a ser igual. Hay que enfrentar el ideal con la realidad. E inmiscuirse. Bajar de la torre de Montaigne y enfangarse. Mezclar acción y contemplación.

Queda una pequeña válvula de escape. Encontrar al Dark Horse de la carrera. Ese tapado de la carrera que va a justificar nuestra afición. Por el que podemos volver a sentir ese cariño especial. Hacerlo “nuestro”. Cobrar los dividendos, mostrar nuestros conocimientos y comprobar nuestro perenne estado de gracia. O dicho de otra manera, aborrecer los favoritos, situarse inconscientemente bordeando el romántico abismo del perdedor.

- Publicidad -Campaña Housers 728x90

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here