Pasemos lista. No estan todos, no insistan. Pintores transmutados en jinetes, jinetes transmutados en artistas, aguardan su comienzo una vez más.

Veo a Botticelli, elegante, mesurado, con sus magníficos trazos que muestran una realidad idílica, una naturaleza domesticada, un atardecer en la Toscana mientras se paladea una copa de chianti. Es Peslier. Dueño de unas manos prodigiosas, narcotiza a su montura hasta que él y solo él, decide que comienza “la carrera”. Sin aspavientos, sin posturas ridículamente aerodinámicas, sabe que el turf esta en la cabeza, que es un ejercicio mental. Porque Peslier no empuja a su caballo, acción vulgar donde las haya, sino que susurra a su compañero de carrera que ha llegado el momento de demostrar su valía. Su fusta no es un elemento de castigo, sino una herramienta de juegos. Pese a todo hay gente que dice que jura y perjura que una vez le vieron sudar. Porque si Federer montara a caballo, se llamaría Olivier.

Duro y exigente, Murtagh sonríe socarronamente. Porque la vida no es ser un fino violinista, lírico y sensible, sino un cantante de rock, un artesano no exento de talento. Y sin trabajo no hay virtud. Dicen que dicen que tenía un cronometro en la cabeza y que sus montas en punta han sido el Catón de muchos jóvenes jinetes. Pero si Olivier Federer Peslier es amabilidad, el viejo Johnny Murtagh es la disciplina espartana, el compañero leal que te cubre las espaldas en el fragor de la batalla de las Termópilas. Porque Murtagh no hacía prisioneros en su Leoparstown. Antítesis suya es la sonrisa de L´enfant terrible del turf francés, Christophe Soumillon, el Roberto Baggio de Longchamp, que en cualquier momento va a arrancar a gritar consignas de Mayo del 68 antes de volver a su piso de la Plaza de los Vosgos. Elegante, pausado, es el verdadero babyface killer del turf.

Fayos es Fallon, o Fallon será Borja, nunca se aclarón bien. Un jinete que siempre encuentra el hueco, un Van Gogh rabioso por mostrar su arte, jockey de mañanas inhóspitas y frías donde la taza de caldo sustituye al vino de Borgoña. Es el futbol puro, no es la exquisitez de un Arsenal, con su calefacción y sus palcos con catering, sino un partido de la First División, donde un jugador del Wimbledom se parte el alma por sus colores en un encuentro con viento racheado, hinchas de pie y balones al área buscando el rechace. Se honra al abuelo que de niño le llevaba al vetusto campo de tribunas de madera. Una pinta de cerveza negra del tercer tiempo para Borja Fallon. Acaba de llegar Guyon de ver la última película de Spielberg, amante de las ostras, casero y familiar, se limpia los zapatos antes de sentarse a la mesa. Porque el jinete Mapfre Vida, el pintor neoclásico sin defectos, sin fallos, que jamás derramará la copa de coca cola Zero o te tirará una carrera por una lectura errónea, pero sin esa chispa perdedora que hace que el turf sea algo más que un juego. Una moto japonesa que todos gustan pero que nadie robaría. Los problemas y el enamorarte siempre será cosas de las Harleys. De las Harleys y de Dettori. Porque el italiano es todo. Arte y ensayo, taquilla y público. Un Sinatra que enamora, un Picasso que fascina y que demuestra que no hace falta ser perfecto para ser genial. Porque el turf es Dettori, y Dettori es la magia, la estrella, el jockey cuya casaca azul (porque siempre vestirá de azul) ha sido diseñada por Armani. El más elegante en la derrota y el más triunfador en la victoria. Pero frente a él siempre Moore, con su humildad, el chico perfecto, el blanco, el negro, el hambre y la mesura, el yerno que toda madre quisiera tener, el chaval que nos ha demostrado que ser un crack no significa ser una estrella. Todo es fácil con él, es el Big Easy de la fusta. Porque si en una carrera Moore va detrás es que el paso es excesivo, y si no hay hueco, para él lo habrá. Un chaval que ha demostrado a Europa que cualquier puede llegar a ser el mejor.

Como siempre Barzalona llega tarde. Una vez llego a tiempo, y derribó las puertas del cielo a patadas. Gano en Epsom. Y como un viejo alcohólico mordido por sus recuerdos, repite esa carrera una y otra vez. Porque gano en Epsom. Inolvidable, sobre todo para él. Elegante en el perder, pudo ser y no fue. Pero gano en Epsom, la carrera de una vida y la vida en una carrera. Se lo cuenta a quien le escucha, enseñando una foto desgastada en tonos sepia. Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien.

Cierran el bar, hay que salir. El bar Eden volverá a abrir las puertas esta primavera. Siempre vuelve a abrir.

 

 

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