A finales de abril, y gracias a Hipotour, conocimos la yeguada Torreduero. Ubicada en Valladolid y con unas 70 cabezas, Torreduero no sólo es la yeguada más grande de nuestro país, sino que también es el lugar donde nacen los sueños.

 

Las yeguas y potros de Torreduero pisan un suelo Denominación de Origen. No en vano, en toda la zona se cultiva, con mimo, la vid que dará lugar a los vinos Rueda. Fundada a finales de los años 70, pero recuperada para la cría de caballos de carreras hace apenas 5, Torreduero cuenta con una extensión de 90 hectáreas divididas en distintos prados y naves.

Nada más entrar en la finca, nos encontramos con un patio de boxes donde descansan algunas yeguas. “Face to Face” (“Zamindar”) nos mira curiosa. Avanzamos un poco más y vemos los primeros potrillos. En dos pequeños prados descansan dos yeguas con sus foals, de apenas unos días de vida. Cuando estamos observando a “Aguamarina” (“Iffraaj”) y su foal por «Al Wukair”, aparece José Hormaeche, responsable de la yeguada.

Hormaeche nos guía, inmediatamente, a la nave de boxes. En una de las cuadras vemos al primer “Lightning Moon” y a su madre “Golden Dinasty” (“Medecis”). A la salida de la nave de boxes nos encontramos con un pequeño potrillo, de apenas 6 horas de vida, hijo de “Abdel” y “Dansila” (“Zambezi Sun”). El pequeño capta la atención del grupo y nos quedamos, durante unos minutos, observando al foal.

El resto de madres de la yeguada descansan en los distintos prados habilitados para ellas. Según nos cuenta Hormaeche, las yeguas y potrillos descansan, durante las dos o tres primeras noches, en un box. Posteriormente saldrán ya a los prados, ubicándolas primero en aquellos de tamaño pequeño o mediano y ya, pasados un par de meses, se moverán a uno de los prados de mayor tamaño, donde conviven con el resto de yeguas. En estos primeros prados vimos a “Lize Theron” (“Dragon Pulse”), “Tablanca” (“Dubawi”) o “Bella Side” (“Le Vie dei Colori”).

Mientras avanzamos por la finca, notamos que el canto de los pájaros nos acompaña durante todo el recorrido. Hormaeche bromea diciéndonos que “los tenemos contratados”. Y es que, la vida en Torreduero, es tranquilidad. Durante todo el recorrido sólo respiramos naturaleza y, como no, caballos. En los distintos prados, los caballos conviven con multitud de plantas y árboles, algunos de ellos casi centenarios.

Tras dar un pequeño paseo, siempre rodeados de prados con caballos (ahí vemos, por ejemplo, a “Harasueva”) nos adentramos en uno de los prados más grandes, donde descansan las yeguas con los foals cuando estos ya tienen un par de meses de vida. La imagen de bienvenida es espectacular. Al ver a Hormaeche, el grupo viene al galope hacia nosotros, creando una secuencia de película. Las yeguas nos miran expectantes con sus potrillos. A algunas les puede la curiosidad, nos huelen y nos dejan acariciarlas. Los foals, por su parte, nos observan normalmente escondidos detrás de sus madres.

Debemos dejar el grupo atrás y cruzar todo el prado. Al echar la vista atrás vemos como el grupo nos sigue con la mirada. Aunque nos hemos adentrado en su “casa”, las yeguas nos han brindado una cálida bienvenida.

El prado de las yeguas con sus foals nos da paso al último y más importante pasto de Torreduero: un prado de 30 hectáreas, que limita con el río y que es parte de un parque natural. Hormaeche nos cuenta que, en época de caza, los jabalíes suelen cruzar el agua y ocupar parte de la pradera. El ganadero nos admite que, muchos días a primera hora, ha podido ver a jabalíes y caballos pastar tranquilamente en esta zona de la finca.

En este pasto se encuentran las yeguas que están preñadas pero no cuentan con foal, normalmente por ser ésta su primera temporada en la yeguada. Aquí podemos descubrir a algunas ex-corredoras como las AGF “Queenrose” (“Caradak”) y «Queenwhity» (“Palamoss”) o “Sweet Sue” (“Nathaniel”). En este caso, la manada, al vernos, sale al galope y se coloca en el otro extremo del prado. Hormaeche nos comenta que éste es el prado más caluroso de la finca, por lo que, pese a su ubicación privilegiada, no suele usarse en los meses estivales.

Ya de vuelta a la nave de boxes, vemos a dos yeguas más: “Pilarika” (“Verglas”) y “Lamuza” («Pyrus»), esta última hermana de madre de “Rilke” (“Dyhim Diamond”). Ambas yeguas, propiedad de otro ganadero, están en la finca para visitar a “Lighting Moon” y, tras ser cubiertas, volverán a sus hogares.

La yeguada cuenta con tres sementales en nómina: “Lighting Moon” (““Shamardal””), “Noozhoh Canarias” (“Caradak”) y “Abdel” (“Dyhim Diamond”). Aunque la mayoría de las yeguas de Torreduero son cubiertas por alguno de ellos, un grupo de 5 ó 6 madres viajan todos los años al extranjero para visitar a sementales top británicos o irlandeses.

Precisamente el hijo de “Shamardal” nos espera a nuestra vuelta a la zona principal de la yeguada. “Lighting Moon” es un semental que llama la atención por su físico. Con unas espaldas angulosas, un cuello proporcionado y una grupa poderosa, el semental se exhibe, algo nervioso, a los visitantes. Hormaeche nos cuenta un poco más sobre él: ganador de Grupo 3 fue vendido, cuando era corredor, por la nada desdeñable cifra de 2 millones de libras.

Tras él, visitamos a “Noozhoh Canarias”, que se encuentra en su box. El campeón hijo de “Caradak” nos mira curioso desde su cuadra mientras todos intentamos captar una instantánea del semental. Y es que “Noozhoh Canarias” ha sido este año la sensación de Torreduero: más de 30 yeguas le han visitado este 2019.

Nuestra visita termina de la mejor manera posible, viendo al icónico «Abdel» galopar feliz en su prado. El hijo de “Dyhim Diamond” luce espectacular. “Abdel” se sabe guapo y nos deleita con galopes, trotes en el aire e, incluso, se pone de manos. Aunque este 2019 ha sido el padrillo menos solicitado de la finca (una decena de yeguas han sido cubiertas por él) en Torreduero están muy contentos con sus rendimientos. No en vano, el año pasado, sus yearlings alcanzaron un precio medio de 18.000 euros.

Con la imagen de «Abdel» galopando y moviendo sus crines nos despedimos de Hormaeche y ponemos rumbo a la siguiente parada de la jornada: una visita a la bodega y cata. Ya en el autobús bromeábamos y hacíamos apuestas sobre qué potrillo alcanzará el precio más alto en la próxima subasta o cuál de ellos será un auténtico crack en las pistas. Y es que, como hemos dicho, en Torreduero no sólo se crían caballos, también se cultivan sueños.

No podemos cerrar este artículo sin agradecerle a José Hormaeche y a todo el equipo de Torreduero su cálida acogida y, muy especialmente, a Hipotur, el haber organizado con tanto acierto

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